martes, 20 de marzo de 2012

La leyenda de la Virgen del Sol

Tal y como indicamos hace unos días, la humilde ermita de la virgen del Sol se encuentra en la vertiente sur de la Peña de Carazo, apenas a unos metros del nacimiento del río Mataviejas. La imagen es la patrona del pueblo de Carazo y cada año tiene lugar una sencilla romería a finales de Agosto.


Esta curiosa advocación parece ser una reminiscencia de los tiempos prerrománicos, época en la que el sol era considerado como una deidad. La teoría se ve apoyada por la presencia de castros de los turmogos en la cima de Carazo.


Pero si me he decidido a dedicarle una entrada a esta ermita es por una interesantísima leyenda asociada recogida en la Revista de Folklore, que a su vez explica el nombre del río Mataviejas, y que me permito recoger a continuación.

"Era a mediados del siglo XI: Fernando I el Magno, acababa de unir bajo un mismo reino a Castilla y León, Asturias y Galicia. Viendo Fernando pacificados sus reinos después de la batalla fratricida de Atapuerca, comenzó a hostilizar a los reyes moros de Badajoz y Saracostha y se decidió resueltamente a poner cerco a Gormaz, plaza la más fronteriza de los Beni-Hud de Zaragoza.

Acostumbraba el Rey aconsejarse en todas sus empresas del ya entonces venerado y célebre Abad del convento de Santa María y San Sebastián de Silos, que debía dar más tarde su nombre de Domingo al célebre Monasterio; y con intento de pedir consejo y ayuda al Santo para tan ardua empresa envió como mensajero a un joven noble caballero de indudable valor y cristiano heroísmo. Su nombre era Rodrigo, apellidado entonces por su defecto de la lengua el Ceceoso, el mismo acaso que debía después inmortalizarse con el título del Cid Campeador Ruy de Vivar.

Volvía Rodrigo contento de entrevistarse con el Abad, cuando al llegar a las últimas estribaciones de la peña de Coba, salieron a su encuentro dos míseras ancianas que le invitaron a él y a sus gentes a tomar un descanso y refrigerio. No sabían los guerreros la triste fama de hechiceras que tenían las viejas en la comarca (y que habían sido anatemizadas por Domingo, quien veía en ellas dos viejas brujas aliadas de la morisma, espías que acechaban a los cristianos para ponerlos en manos de sus enemigos).

Engañados Rodrigo y su gente se dejaron conducir a unos prados amenísimos. Allí disfrutaron de su frescura, muy relajados y descuidados. De pronto suenan a sus espaldas trompas y voces de combate, y ven que desde lo alto de la montaña se precipitan sobre ellos las huestes enemigas de la morisma: eran los de Gormaz que guiados por las malditas hechiceras, creían hacer de los cristianos fácil y segura presa. «¡Traición!», gritó el Ceceoso, y en un instante saltan los cristianos a sus caballos, empuñan las armas y se disponen a la defensa. Pero el enemigo es numeroso y bien apercibido; caen como un alud sobre los nuestros, quienes oponen en un principio fuerte oposición; Rodrigo hace prodigios de valor; pero al fin los cristianos se ven cercados y acometidos por todas partes; cortada la retirada, o se rinden o intentan un supremo esfuerzo.

Rodrigó reunió a sus valientes; el sol iba acercándose a su ocaso y ya las sombras de la peña Coba venían avanzando sobre el llano. No había más recurso que forzar a los enemigos y buscar refugio en la plaza más próxima. Silos era el lugar más idóneo. Precisamente en aquel instante el astro del día parecía señalar desde las alturas el camino del Monasterio, y Rodrigo indicando a su gente el rumbo de salvación que debían seguir dio la señal de avance con estas solas palabras: «¡Cara al zol!». «¡Cara al sol!», repitió la pequeña hueste, y ya iban a precipitarse contra las filas enemigas, cuando en lo alto del cielo se advirtió un extraño fenómeno. El sol, cuyos rayos se iban amortiguando, pareció revestirse de nuevo brillo, y alzando los ojos los moros y cristianos vieron aparecer ante el astro del día un globo de brillantísimas luces, y en medio de él como sobre lunática nube una señora de celestial majestad y hermosura: era la Auxiliadora de los cristianos que venía a socorrer a sus hijos.

Ante ella, huyen los mahometanos; los cristianos les persiguen hasta las puertas de Gormaz y ayudados por nuevos guerreros que se les unen en el trayecto, ponen cerco a la plaza. Rodrigo en persona comunica al Rey la buena nueva, pero no olvida el favor de la Virgen y la traición de las hechiceras y vuelve al lugar de los hechos. Las viejas habían muerto, pues queriendo huir cayeron en el torrente que atravesaba la llanura, donde perecieron miserablemente, dando su nombre al riachuelo que hoy se llama Mataviejas. En el lugar del combate se edificó una villa fuerte, que para conmemorar el grito de guerra empleado por Rodrigo, denominóse Carazol (Carazo) y sobre el mismo sitio de la celestial aparición de la María se erigió un santuario con la advocación de Nuestra Señora del Sol" "
 

2 comentarios:

ZáLeZ dijo...

Qué interesante leyenda (supongo). Me llama la atención que en aquellos tiempos llamaran al sol, zol, pero resulta muy interesante.
De todas formas posiblemente la advocación de Virgen del Sol tenga raices prerromanas con casi total seguridad. No hay que olvidar, que en muchos lugares donde hoy se asientan ermitas, iglesias etc. es porque anteriormente existía una adoración pagana y "cierto punto de salvaje" que con la llegada del Cristianismo se intentó dulcificar y daptar a las costumbres que trajo la nueva religión.
Por cierto, qué bien ahora que no salen esas palabras tan complicadas... jeje.
Saludos,

Montacedo dijo...

Zalez. Fíjate bien que segón la leyenda el Cid era ceceoso.
Lo de quitar los códigos lo vi en el lbog de Abi e inmediatamente me puse con ello.